Muy poco es lo que se conoce acerca de la Prehistoria de Dos Torres. Como de otros muchos puntos de la geografía comarcal, sólo se tienen noticias de hallazgos sueltos que se revelan insuficientes a la hora de reconstruir el más remoto pasado de esta localidad.
Entre esos hallazgos hay que mencionar que Carbonell guardaba en su colección una pieza paleolítica hecha en pórfido -al parecer, un rascador-, que se había hallado en La Mesa del Cobre, y también se conocen la existencia de silex paleolíticos, y otros de dudosa adjudicación, en los alrededores de la ermita de San Sebastián.
Como en muchos otros lugares de la zona del Valle de Los Pedroches, las estructuras megalíticas también se encuentran representadas en Dos Torres. Carbonell hablaba de la existencia de un cromlech en las inmediaciones de la carretera a Pozoblanco, pero hay que tener en cuenta que ese tipo específico de construcción megalítica es casi inexistente en España, y que aquello que a Carbonell se le figuró tal -un circulo mas o menos regular formado por piedras hincadas en el suelo-, bien pudiera ser otra cosa, como por ejemplo la parte inferior de un dolmen al que le faltase la cubierta.
De todos modos, poco se ha investigado en esa zona en el campo de la Prehistoria, y quizá trabajos intensivos puedan ampliar el actual panorama de conocimientos.
En la Edad Media, el periodo ibérico dejó en este territorio restos cerámicos y una secuencia cultural que enlaza con el mundo ibero-romano, del que homos conservado los testimonios más importantes en la Huerta del Pino, el Baldío, Cortijo de Casablanca, Pozo de la Nieve...
La presencia romana se constata por el hallazgo de inscripciones en la zona de Torremilano, con la alusión a M. Racilius Firmus y P. Frontinus Sciscola, ambos ciudadanos romanos y el segundo médico de Córdoba. Igualmente, ha aparecido una inscripción cristiana del 613 d. C., lo que muestra la llegada del cristianismo a esta zona a través del valle del Guadalquivir, alcanzando pronto las tierras emeritenses. Sin embargo, lo más destacable, dentro de una cronología ibero-romana, es el edificio conocido como Pozo de las Nieves.
Dos Torres se ubica al este de la antigua vía Corduba-Baedro-Sisapo y al oeste de la que por Pozoblanco y Pedroche enlazaba con Solia; su mayor proximidad a Baedro no hace pensar que formaba parte del territorio de esta ciudad.
En la Edad Media parece ser que la actual villa de Dos Torres data de comienzos del siglo XIV y debe su nombre a la primitiva existencia de dos poblaciones diferentes o, más bien, de dos barrios distintos dentro del mismo núcleo poblacional, denominados Torremilano y Torrefranca. Es, junto a Pedroche, uno de los pueblos más antiguos de la zona, puesto que lugares como Pozoblanco, Añore, Torrecampo o Villanueva de Córdoba no serían fundados hasta el siglo siguiente, coincidiendo con un movimiento general de repoblación en dicha área.
A mediados del siglo XIV, Torremilano (Torrefranca, como tal barrio independiente, aún no existe) no era más que una simple torre emplazada en la línea de demarcación del señorío de Santa Eufemia con el término de la ciudad de Córdoba. Cuando en 1352 el juez de término Gómez Fernández de Soria realizó el deslinde del señorío, mencionó Torremilano como luna de las señales en su línea de demarcación. Es difícil saber si en esas fechas contaba ya con una población estable, pero puede entenderse que aún no era así, porque no lo hallamos mencionado entre los núcleos de población realengos habitados incluidos por Enrique II en su Ordenamiento de Dehesas de 1375.
La torre aislada que hasta el último cuarto del siglo XIV fue Torremilano iría poblándose de habitantes durante los últimos años de dicho siglo y los primeros del XV, dando lugar al nacimiento de un pueblo que, por estar justamente situado en la confluencia de las jurisdicciones de Córdoba y de Santa Eufemia, se vio sometido desde el principio a una doble jurisdicción, señorial y realenga, que marcaría su carácter y su propia evolución urbana durante los decenios siguientes. En todo caso, a mediados del siglo XV, la mayor parte de él pertenecía a Córdoba, quedando para el señor de Santa Eufemia un pequeño barrio al norte de la población.
La historia de Torremilano en la segunda mitad del siglo XV es la de los intentos que los Gonzalo Mejías, señores de Santa Eufemia, hicieron por aumentar el número de su vasallos a costa de los pobladores avecindados bajo jurisdicción cordobesa. Y, si bien es cierto que el señor de Santa Eufemia nunca consiguió dominar la totalidad de la villa, en esta época el barrio por él controlado, a fin de diferenciarse claramente del integrado en el término de Córdoba, comenzó a recibir el nombre de Torrefranca, mientras el primitivo de Torremilano quedaba reservado con exclusividad para asignar la parte de la villa que mantenía jurisdicción realenga. Parece que dicho nombre fue impuesto por Gonzalo Mejía en 1481.
Esta división interna de la población dio lugar, como es fácil suponer, a numerosos problemas entre los habitantes de uno y otro lado. Los más importantes venían provocados por el señor de Santa Eufemia, que trató siempre de atraer haca su barrio a los vecinos de Torremilano, a fin de incrementar el número de sus vasallos y, por lo mismo de sus rentas. Para ello utilizó recursos como el de ofrecerles mejores condiciones tributarias, puesto que ciertos impuestos que el rey percibía eran más fáciles de cobrar en tierras realengas que en las de señorío; o como el de adquirir mediante compra numerosas viviendas en Torremilano, con la finalidad de alquilarlas y controlar así a sus inquilinos o de desmantelarlas, reutilizando su tejas y maderas en la zona de Torrefranca y consiguiendo a la par la despoblación del sector realengo. En realidad, el paso de uno a otro sector y los abusos cometidos en materia jurisdiccional fueron tan graves que la separación entre ambas zonas, constituida al principio por una simple calle, estuvo formada por una muralla al menos desde 1479, fecha en que conocemos intentos por parte de Gonzalo Mejía III de proceder a su demolición.
En definitiva, Torremilano, con otras poblaciones fronterizas con el señorío de Santa Eufemia (tales como Alcaracejos y Villaralto), tuvo que sufrir, durante la segunda mitad del siglo XV, numerosas ingerencias y agresiones por parte de los titulares de aquél, especialmente de Gonzalo Mejía III, que si fracasó en su intento de integrarla en la jurisdicción señorial fue sobre todo por la antipatías que despertó su forma de actuación violenta y autoritaria.
Durante la Edad Moderna Torrefranca y Torremilano constituían los dos núcleos de población que, tras unirse en 1839, formaron el actual Dos Torres. La primera fue una de las villas que integraron el antiguo condado de Santa Eufemia, mientras que la segunda formaba parte de las Siete Villas de Los Pedroches. De ambas villas, Torremilano fue la más dinámica, rica y poblada, y de ella dependieron hasta su segregación Añora y Alcaracejos y Villaralto.
Fue siempre villa de realengo. En 1572 la corona intentó enajenarla, pero la venta no llego a realizarse. Más tarde, en 1660, Felipe IV vendió las Siete Villas de los Pedroches, y entre ellas Torremilano, a los marqueses de El Carpio y formaron parte de sus estados hasta 1747, año en que pasaron nuevamente a la corona. A partir de esta fechas Torremilano pasó a ser la capital de Los Pedroches, al convertirse en sede del nuevo corregimiento creado entonces y del que dependió toda la zona norte del antiguo reino de Córdoba.
A finales del siglo XVIII los síntomas de decadencia eran ya evidentes. En 1780 su población era de 728 vecinos, cifra que distaba mucho de los 1.180 que tenia en 1571. La industria textil, que había sido la dedicación fundamental de sus habitantes en el siglo XVI, estaba en total decadencia. En 1752 sólo había 34 maestros tejedores de paños, y, lo que era mas grave, éstos sólo tenían cuatro oficiales y ningún aprendiz. En esta fechas las actividades fundamentales de sus habitantes eran ya la agricultura y la ganadería, que ocupaban al 58% de su población activa.
Sus bienes de propios más importantes fueron: la dehesa de Peña Alta, los ejidos de la Cruz del Molinero y de la Fontanilla, y una parte de la dehesa de la Jara, todo lo cual rentaba al año 49.239 reales de vellón.
Torrefranca fue la otra villa que dio lugar al actual municipio de Dos Torres. Formó parte del condado de Santa Eufemia, del que en el siglo XVII era la Capital, y por ello residían en ella junto a las autoridades locales las que regían a todo el condado, que eran el alcalde y el alguacil mayor.
Su población siempre fue inferior a la de Torremilano, alcanzando sus cotas máximas en la Edad Moderna en 1590, cuando llegó a tener unos 200 vecinos.
En 1752 la economía de Torrefranca se basaba fundamentalmente en la agricultura y la ganadería, que ocupaban al 81% de su población activa. En el catastro de Ensenada esta villa aparece con un término muy extenso, que ocupaba 60.092 fanegas, debido a que en él se incluyeron las propiedades de los condes de Santa Eufemia. En realidad, los vecinos contaban para su aprovechamiento con las tierras de la villa y las suyas propias, que juntas ascendían a 2.138 fanegas, de las que el 77% se dedicaban al cultivo de cereales, y el22% al de pastos, quedando menos de un 1% para los cultivos de regadío y vid.
Sus bienes de propios fueron, entre otros, la dehesa boyal de Valbuena, del Moral Nuevo, del Moral Viejo y del Pozo de la Presa, que producían anualmente 9.677 reales que rentaban al concejo su parte de la bellota de Cañadallana.
En Edad Contemporánea el devenir de las villas de Torrefranca y Torremilano tiene la notable particularidad de que es, precisamente, durante esta etapa cuando ambas localidades van a ver surgir su unidad administrativa. Dicha medida, dictada a mediados del siglo XIX, no hacía otra cosa que conformar una realidad de intereses previos y una vinculación asentada en el avenimiento mutuo. Ramírez y de las Casas-Deza parece ejemplificar este aserto al indicar en su Corografía que a estas poblaciones las dividía solamente una lápida que existía en la calle llamada de la Plaza, al lado de cada pueblo; y , por lo demás, parecían una misma población.
Unos años antes, durante el asentamiento definitivo del liberalismo en España, Torrefranca y, sobre todo, Torremilano, conocieron la desazón y el mal quitamiento generado por las huestes carlista en su afán por derribar el sistema implantado por Isabel II. El conflicto tuvo aquí una manifestación casi militar, habida cuenta de las continuas ocupaciones producidas por los cabecillas carlista regionales o por aquellos provenientes de zonas manchegas. Dos de estos cabecillas, Lastra y Monzón, intentaron sorprender a los vecinos en junio de 1835, siendo expulsados solamente gracias a la presión ejercida por la columna liberal de Almadén. Ya en 1837, el carlista Palillos, una vez cerciorado de la indefensión de Torrecampo, consiguió llevarse mas de 150.000 reales en dinero e importantes efectos, con lo que la economía local quedó quebrantada por muchos años.
Las consecuencias de la desvinculación y de las desamortizaciones de la propiedad, la desaparición del diezmo y todas las transformaciones de la actividad económica promovida por las tesis liberales, si bien influyeron para modernizar un tanto las actividades productivas, ocasionaron por contra el descontento de los grupos menos favorecidos de la población, que tenían un cobijo económico en los bienes comunales y de propios; esto debe entenderse aplicado ante todo a la dehesa de la Jara, que fue dividida en 1836 entre todas las villas de Los Pedroches.
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